Granada por una Nueva Cultura del Territorio

Los almendros.

Un relato de Francisco Gil Craviotto

Jueves 14 de febrero de 2008 por Ecologistas en Acción.

En las faldas de los cerros, en las grietas de los tajos, en las pequeñas llanadas que quedan entre loma y loma, al borde de los riachuelos y barrancos, en alcores y altozanos, con su tronco negro y sus hojillas leves, allí, irremisiblemente, está el almendro, humilde señor de los secanos, inseparable compañero del tomillo y la retama.

FRANCISCO GIL CRAVIOTTO

Hace ya varios días que han comenzado a florecer los almendros. Febrero es el mes de los almendros y el almendro el rey de los secanos. Ni la vid, ni la higuera, ni el olivo ocupan su puesto ni tienen su belleza.

El almendro es el amigo inseparable de este paisaje seco, adusto, salpicado de cerros imponentes, barranqueras y lomas interminables. ¡Qué hermoso en medio de los tajos el ramaje leve del almendro! Pequeño -a veces insignificante-, sin la ostentación de esos árboles enormes -el nogal, el tilo, el roble…- es todo un símbolo de nuestra tierra. Nadie como él para recordar a ese hombre, humilde y austero, que lo plantó.

En las faldas de los cerros, en las grietas de los tajos, en las pequeñas llanadas que quedan entre loma y loma, al borde de los riachuelos y barrancos, en alcores y altozanos, con su tronco negro y sus hojillas leves, allí, irremisiblemente, está el almendro, humilde señor de los secanos, inseparable compañero del tomillo y la retama.

Lo he visto en invierno sin una hoja, negro como un fantasma en la noche, me ha inundado el corazón de gozo cuando, antes de que apareciera la primavera con su más precoz florecilla en la más insignificante hierba del campo, estaba él, erguido en lo alto de su tajo, inundando de flores el paisaje.

 Si este año no hay hielos en primavera tendremos una buena cosecha. -decían confiados los campesinos.

Y lo miraban como se mira a un niño pequeño, como si fuera de cristal, de aire o de humo y se pudiera deshacer. Hacía sol. Abejas y otros insectos pululaban en torno. Iban naciendo poco a poco las hojas nuevas, siempre de un verde tan freso y brilloso que daba encanto verlas y tocarlas; al tiempo que, bajo el almendro, toda la tierra se iba cubriendo de blanco. Era una lluvia de pétalos que. hasta que caía el último, la brisa de la tarde movía a su antojo. Las allozas, con su leve pelusilla, crecían insensiblemente. También las tardes se hacían cada día más largas y soleadas.

 Como no se asolen, vamos a tener una buena cosecha. -decían ahora los campesinos. Y seguían mirando al almendro con la misma ternura con que se mira a un niño.

Y la alloza, día a día, noche a noche, con esa maravillosa naturalidad y precisión con que la naturaleza hace las cosas, si antes alguna nevada no la helaba, si alguna solanera no la quemaba -era débil como todo lo hermoso-, se convertía en almendra. En almendra dulce, apetecible y deleitosa, que, con la caricia del sol, se iba abriendo, separándose más y más de la capota, hasta que un día:

 Ya va a siendo tiempo de empezar a varear.

 Sí, en cuanto pase San Roque.

San Roque, con las fiestas del pueblo vecino -hoy sepultado bajo las aguas de un pantano-, era la fecha tope, el “Rubicón” para decidirse a iniciar la faena.

¡Días azules de la lejana infancia! ¡Qué jolgorio de muchachas, de risas, de coplas y acertijos, bajo los almendros vareados y los mondaderos de los porches cortijeros! Eran siempre los finales de verano. El sol no quemaba tanto como antes y, al final de la tarde, empezaba a ser tibio y consolador. Cuando ya se había terminado la faena había bailes en los cortijos y, a la tenue luz de los candiles, ellas lucían sus vestidos nuevos y a veces se dejaban amar. Eran los días que salían más novios.

Después… Otra vez los almendros sin hojas, ateridos por el frío del invierno, pero entre su ramaje seco, de nuevo brillaba, prometedor, el botón que sería flor en febrero y fruto en agosto.

¿Seguirá todo como antes? Cada año las mismas coplas al final de la monda, la misma ilusión de las mozas, la misma tierra eterna, madre incansable, que nutre plantas y hombres. Sobre ella, una vez más, florecen los almendros.


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