Granada por una Nueva Cultura del Territorio
Entrevista a Josefa Aguado Castro, 85 años, vecina del Cañaveral, afectada por la posible ubicación del ferial.

Quiero morirme aquí, en la vega, en mi casa. Aquí tengo yo mis raíces... ¡Vivir yo en un piso!

Jueves 23 de junio de 2011 por Correos de la Vega

Toda su vida viviendo en la Vega, siendo parte de ella, ahora el Ayuntamiento de Granada quiere ubicar el ferial en el Cañaveral. Eso supondría la destrucción de 14 hectáreas de vega y de casas como la de Josefa.

Acudimos a la cita sobre las ocho y media de la tarde. Josefa habla, va desgranando, saltando de una vivencia a otra. Su conversación es tranquila, sencilla, con voz suave; de vez en cuando nos dice; "preguntad si queréis". Estamos dentro del perímetro que el Ayuntamiento de Granada quiere destruir para ubicar el ferial. No sabemos si el Alcalde,, también la directiva de los caseteros, conocen historias como éstas. Su caso, el caso de los afectados del Cañaveral, me recuerda la lucha de la Vega Sur. En Huétor Vega un hombre de 85 años me señalaba un plátano de enorme tronco y me decía; “Soy como ese, si lo trasplantan se muere. Igual me pasa a mí, si me sacan dela vega, si me mandan a un piso donde me mandan es al cementerio”. Son historias similares, vivencias, raíces de vega que quieren seguir alimentándose de estos suelos, de estos lugares.. Son partes de la vega.

Atardece, unas nubes rojas destacan sobre el cielo azul de Granada. Allí, en el patio, sentados en círculo estamos Miguel Vílchez, agricultor del Cañaveral, Josefa, Paco, su marido. y yo. De pie, tomando fotos desde distintos ángulos, José María García, de Salvemos la Vega. Empezamos a escuchar las vivencias que se desgranan. Habla Josefa.

Josefa en su casa

Paco Cáceres; entrevista y comentarios. José María García;, autor de las fotos.

Aquí nací, que no me lleven a un piso

Esto es de mis raíces; aquí nací y aquí llevo toda mi vida. Solo pido que si esto lo van a echar abajo yo no lo vea. Quiero morirme en la Vega, en mi casa. No podría vivir en un piso. Si me meten en él... Esta casa donde vivo tiene entre dos o tres siglos; era una casa vieja que a través del tiempo le hemos ido haciendo arreglos. Para nosotros es la vida, aquí se casó mi padre y murió con 87 años, y mi madre con 92 y, como he dicho, aquí nacimos mis hermanos y yo.

De vega teníamos ocho marjales, aunque labrábamos 80. Mi padre sembraba sobre todo papas y habas, también teníamos frutales como albaricoques, ciruelos, higueras, cerezos...También teníamos nuestros animalillos; marranos para matanza, gallinas, conejos, pavos, vacas... con ellos teníamos para vivir.

Los ruiseñores son la alegría

La vida aquí era muy bonica, en primavera estaban los ruiseñores siempre cantando, las golondrinas, las mariposas blancas volando por parejas por las flores... Pero a mí me gustaban sobre todo, los ruiseñores eran una alegría porque cantaban de noche y de día; por de noche cantan porque cuando la hembra está engüerando tiene que escuchar el canto porque sino le da pena.

Josefa y Paco, su marido

¡Vendo marranicas!

También me gustaban mucho las acequias, con el agua, el frescor que da, las plantas como los mastranzos con lo bien que huelen, los berros, o las marranicas cuando se ponen en los mastranzos. Al oír lo de marranicas interviene el marido, Paco, “Yo llevaba marranicas al colegio , a los niños les gustaba tener una marranica y yo se las cogía y me daban una perrilla y así me podía comprar un trompo”.

¿Juegan hoy los niños a la rayuela?

De los juegos recuerdo la comba, la gallinita, la rayuela... ¿juegan hoy los niños a la rayuela? Le comento que en el año 96 recopilamos juegos populares de pueblos de la vega y en algunas escuelas se recuperó la rayuela, el palimocho, las chapas, etc. Fue en una campaña de Descubrir la Vega.

Es que entonces no había coches

Antes era otra cosa, no cerrábamos las puertas y aquí no teníamos la cancela. En verano nos sentábamos a las puertas a hablar; es que entonces no había coches. Y nos sentábamos aquí en la puerta... mi casa le hemos hecho reformas y reformas para poder tener lo que hoy tenemos. Por eso, que nos quieran echar de aquí...

A mí me encanta la vega, el campo, cuando veo una película en la que se ve aventar o trillar me siento y disfruto viéndola. Recuerdo todos esos tiempos.

Sr. Alcalde, que dejen la vega quietecica, lo mismo que el Albayzín

Yo le diría al alcalde que busque otro lugar, y le digo que si tanto valora el Albayzín, que no se puede quitar un carmen o un pedazo del barrio, pues la vega es como el Albayzín, no se le puede destruir los cultivos ni las casas donde vivimos desde siempre. La Vega para mí es una naturaleza muy fresquita, buena, muy antigua y que es de toda la vida. Eso; es vida y frescura. “Además, si no hubiera vega, qué íbamos a comer”, tercia Paco, el marido. Por todo eso, que dejen a la vega quitecica, que no le quiten a Granada su vega.

Antes muerta que ver derribadas mis raíces.

Y lo digo claramente, preferiría estar muerta antes de ver que derriban mi casa, porque son mis raíces, las de toda mi familia, unas raíces muy antiguas, que nos dejen quitecicos aquí, aquí hemos nacido, aquí hemos vivido y aquí tienen que vivir mis nietos. Y los que vengan.

Señora; ¿quiere que le vea las macetas?

A mí me han gustado mucho las plantas, y las macetas, pero ya es que no puedo... recuerdo que como no teníamos cancelas, pasaba la gente y decían “señora, ¿quiere que le vea las macetas?”, recuerdo que una vez un quincallero le gustó una maceta y me dijo; “señora, véndamela”, como yo le decía que no, él volvió a intentarlo; “se la cambio por unos encajes”. Pero no. Aquí tenía toda clase de macetas, pero ya...

Por aquí pasaban todos los que querían vender algo; el de las quincallas, el sillero, el panadero, el amoleor, el del vinagre, que venía en borriquilla y vendía también vino, el tío de la miel, el afilaor, el tío de la cal... Todos pasaban por aquí.

Ahora hay más comodidad, pero menos tranquilidad

Lo de antes era una vida mísera, pero gustaba. Es verdad que ahora hay más comodidad, pero ante había más tranquilidad. Aquí daba alegría escuchar a los gallos cantar a todas horas, las gallinas cacareando... además, la carne sabía de otra manera, tenía otro gusto. Todo eso se ha perdido, ya los gallos no cantan ni la carne tiene el mismo gusto cuando se hace un guiso.

Pues sí, yo le diría al alcalde que no se pierdan los cármenes ni el Albayzín, pero; ¿y la vega sí? Ni una cosa ni otra.

La campana de la Vela ya no se escucha

Antes escuchábamos la campana de la Vela y las horas del reloj de la catedral y las codornices en los maizales y las remolachas... ahora sólo escuchamos camiones y coches... En las noches veíamos los gusanicos de la luz y escuchábamos los grillos. A mí me gustaban hasta las ranas cantando. En invierno, cuando llovía, en el patio había un canalillo por donde iba el agua y yo me quedaba mirando las pompas de agua por ese canalillo... Me gustaba verlo. Cuando llovía mi madre nos hacía migas. ¡Qué migas más ricas!

“De niños nos bañábamos en la acequia Gorda”., dice Paco. Porque es que antes no teníamos agua en las casas.

En el salón de su casa

¡Cómo me voy a ir yo a un piso!

Josefa sigue contándonos cosas, pero nos dice que... Antes de iros tenéis que ver el salón de mi casa y la escalera; cerámicas, objetos de cobre como los que se tenían antes en las casas, todo brillantes... es una especie de museo personal, no pude evitar el recuerdo de mi madre, que se pasaba largas horas de invierno limpiando el cobre hasta dejarlo brillante. Arriba en el techo, nos sigue contando Josefa,, mi padre ponía puntillas y colgaba uvas, melones, panochas de maiz... después en invieerno iba desgranando el maíz y las panochas para la chimenea.

Cuando ya vamos a salir, Josefa se queda mirando el salón de su casa, todos esos objetos que tanto le gustan y que adornan al estilo antiguo el salón. Los mira y nos dice; ya veis, toda una vida al cuidado de la vega y de la casa, trabajo, penalidad, la vida... para que ahora vengan a decir que nos quieren echar y destruir todo esto... Mira de nuevo a su alrededor y a forma de adiós nos dice; ¡Cómo me voy a ir yo a un piso!


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