Granada por una Nueva Cultura del Territorio

Mi papa está loco

Cuento algo raro de Navidad

Viernes 20 de diciembre de 2013 por Veguita de Graná

Aquella niña, con su mirada infantil, no acertaba a entender las rarezas de su padre, lo que decía no tenía lógica. Una noche de invierno, mirando las estrellas, la niña cambió la forma de ver a su padre.

Texto Paco Cáceres. Dibujo Mª Victoria Sánchez

Dedicado a mi hija, Aixa, que es un pedacito de felicidad que bajó del cielo

Mi papá está loco. El otro día me dijo que el niño Jesús nació en Belén y no en El Corte Inglés. Yo le dije que poco después de venir de la playa vi que esa tienda fue la primera que anunció el nacimiento, que cómo iba a nacer en otro sitio, pero él ni caso, quería convencerme como si yo fuera tonta. Aunque si fuera sólo eso diría que es una manía. Pero no, tiene más tonterías en la cabeza. Decía que nació en un establo y que era de una familia muy pobre. Eso fue el remate, ¡como si los del Corte Inglés fueran pobres!

Todo esto me está metiendo en líos con mis compañeros. El otro día en el recreo le conté a mis amigos lo que decía mi papá, y Jorge me dijo: “Tu papá es que es tonto”. Aquello me dolió y nos íbamos a pelear, pero tocó la sirena y no pude pegarle, la maestra nos hizo entrar. Después, mientras coloreaba el dibujo me acordé de lo que me había dicho Jorge y me di cuenta de que tenía razón, que mi papá era un poco tonto. ¡Mira que decir que nació en Belén! ¡Y en un establo!

Es verdad que en Carrefour, en Alcampo o en otras tiendas también hacen cosas de Navidad, pero son unos copiones, como Mercedes hace en clase mirando lo que yo hago para copiarse, aunque yo se lo digo a la maestra, para que lo sepa y se chinche. Sí, copian, porque como ya he dicho yo vi que los del Corte Inglés fueron los primeros.

Mi papá es que, según me dijo mi mamá, no cree en esas cosas. No cree nada. Después del nacimiento, subimos una noche a un sitio de montaña y vi a lo lejos muchas antorchas, estaba todo lleno de ellas. Tenía que ser que iban a ver al Niño. Era una procesión muy larga. Mi papá se rió de lo de las antorchas y me dijo que era un atasco, que eran coches por la circunvalación. “Papá cómo van a ser coches si se ve que van andando y los coches van corriendo”, dije yo. “En los atascos es que se va muy despacio” me dijo el muy listo. Eso es lo que me daba coraje de él, que siempre tenía respuestas para no darme la razón. Eran antorchas que irían al Corte Inglés, aunque algunos es posible que no lo supieran y fueran a otra tienda de esas que copian, como Mercedes, pero eso ya lo he dicho.

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Mi papá era raro, pero aquella noche estrellada...

Un día hasta me dio miedo, iba yo con él y al ver todas las luces de colores en la puerta del Corte Inglés, el nacimiento y los villancicos dale que te pego, dijo: “Si hubiera buenos cristianos cogerían el látigo como Jesús para expulsar a los mercaderes. ¿Cómo permiten que mercadeen con sus símbolos?” Yo no lo entendía casi, bueno, casi, no; ¡nada! Pero pensar que mi padre quería ir con un látigo a pegarle a la gente que tranquilamente compraban... Eso era pasarse, como si comprar fuera malo. Yo amaba mucho a mi papá, pero aquello... ¡Aquello era demasiado!

La sinrazón por estas fechas se hacía cada vez mayor. Había un programa en la televisión y el presentador sonreía, sonreía y decía “sean felices” “feliz Navidad” “Que el Señor os colme de bienes!” “Prosperidad”. Mi padre, que estaba en otra cosa, se acercó al televisor y se puso a hablarle al hombre aquel; “¿Sí? ¡No me digas...!” Y empezó a hablarle de guerras, de una tal Palestina, de hambre, de medio ambiente... Mi papá estaba insoportable. Yo ya no sabía si quererlo o no, pero mucha gracia no me hacía.

Un día que subimos al cortijillo que tenía un amigo de mis papás por encima de Nigüelas cambié la forma de ver a mi papá. Cuando ya se hizo de noche, estaba yo dentro de la casilla y por la ventana lo vi fuera. Hacía frío, pero salí para estar con él. Él miraba a las estrellas que en medio de la oscura noche brillaban un montón. Al verme, me cogió en brazos y me arropó con su chaquetón. Yo lo miraba a él, y él a las estrellas. Entonces empezó a hablarme. “Sabes, Aixa, me gustaría que hubiera un camino hasta las estrellas y que allá hubiera pedacitos de felicidad, que al traerlos a la Tierra se convirtieran en alimentos para unos niños, en escuelas para otros, en médicos para niños enfermos, en paz para los que se odian y se matan,... en abrazos para niños que los necesitan, en... bellas palabras y cariño para la gente que se siente sola... Pedacitos de felicidad repartidos por el mundo... ¿Te imaginas Aixa?” Y mi padre miró a las estrellas, me miró a mí, volvió a mirarlas a ellas y me sonrió apretándome y dándome un beso muy hermoso.

En aquella oscuridad, un hilo de luz que se escapaba por la ventana me ayudó a ver la sonrisa de mi padre y sus ojos brillantes... Entonces descubrí que era más bella y sincera la sonrisa de mi padre que la del presentador de televisión. No sé por qué, pero le di un beso y le pedí que me apretara más. El calorcito, su cuerpo y el mío tan juntitos, nuestras sonrisas y los dos mirando las estrellas. ¡Qué a gusto estaba! De pronto pensé que mi padre, con algo de magia, me había traído el cachito de felicidad ese del que hablaba. En aquel momento vi que mi papá podía ser un poco raro, pero que era el papá más bueno del mundo, y que me quería mucho... Las estrellas seguían allí envueltas en la oscuridad. Y yo, en silencio y pegada a mi padre deseé que ojalá los cachitos de felicidad de las estrellas se repartieran por el mundo, para que el mundo fuera feliz y mi papá también.


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