Granada por una Nueva Cultura del Territorio

Tenéis que conocer al Blas. Un paseo por el mundo campesino

A Rafael Navarro, autor de “La tierra desnuda”

Miércoles 27 de febrero de 2019 por Veguita de Graná

En este texto,escrito para la presentación de la novela "La tierra desnuda" de Rafael Navarro, Paco Cáceres hace un recorrido por el campesinado que tan bien dibuja Rafael y algunos de los que conoce Paco de la vega. Todavía existen campesinos sabios en la vega que viven en profundo abrazo con la tierra, que nunca se jubilarán de ella y que no comprenden las agresiones que se le hacen a la madre Tierra. Ser campesino era un estilo de vida, no una profesión. Texto dedicado a Rafael Navarro, por lo mucho que le ha hecho disfrutar y aprender de la novela que ha escrito.
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El campesino nunca se jubila de la tierra

A Rafael Navarro, que me ha hecho disfrutar y aprender de su novela.

Hay un Proverbio africano que dice: "Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador” El campo no ha tenido historiadores; ha tenido sepultureros. El sector primario era el último en consideración. Fui maestro, los libros de texto decían que las sociedades que tenían más gente trabajando en el campo eran las más atrasadas. La cenicienta, pero sin zapato. Por eso es tan importante para la memoria del territorio que se escriban novelas como “La historia desnuda”. Hasta ahora, en esta tierra, ha habido artículos de diferentes autores e investigaciones muy interesantes de José Castillo, Martín Civantos, Antonio Castillo, González de Molina, Gloria Guzmán… Son apuestas firmes en defensa del campo, o relacionados con él, desde distintos puntos de vista. Ahora, esta novela de Rafael Navarro, que le da voz a los campesinos de una época reciente, es un aporte necesario para conocer ese abrazo permanente que ha tenido, y tiene, el campesino con su tierra. Por ello, desde el movimiento al que pertenezco, y personalmente, te doy las gracias, Rafael, por ese aporte y por darle un altavoz a nuestra voz.

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Rafael Navarro, gracias por tu novela

Todavía hay campesinos sabios en nuestros campos

Tengo que decir que todavía existen personas como el Blas, el protagonista de la novela, que fueron pastores de niños en la Sierra. Pepe el de Aurora decía; “fui pastor, pero mi sueño era volar”. No llegó a conseguirlo, pero a sus cerca de 90 años, enseña la cicatriz, testigo de su intento y le brillan los ojos cuando habla del tema. La vida arriba en la sierra era muy dura, durísima, como refleja muy bien la novela de Rafael. En ese lugar inhóspito en el largo invierno, las cabras son más importantes que el Blas y la Antonia, porque ellos dependen de ellas. Le pregunté a Pepe el de Aurora; “¿utilizabais plantas medicinales en la Sierra?”. “Por supuesto”, me respondió él, “cuando las bestias tenían heridas teníamos que curarlas….” Primero ellas. También quedan sabios en nuestros campos que mamaron la sabiduría de sus antepasados; Blas seguía las enseñanzas de su abuelo sobre la viñas y, de su padre , sobre los cerezos. El Niñillo, más de 80 años, tiene en cuenta las lunas como Blas; “siembro en viernes, con luna menguante, como mi abuelo, que lo heredó de sus antepasados”.

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"Mi padre era el que figuraba como agricultor, pero mi madre tenía más callos que él"

¿Y la mujer?

En esta época que dibuja la novela, la mujer estaba en un segundo plano, pero cuando muere la madre del Blas, le queda un enorme vacío y se da cuenta que su madre siempre estaba sin notarse su presencia. En el anonimato, eran mujeres que trabajaban sin descanso. María me decía; “yo no figuro como campesina, pero soy el que además de tenerle preparada la comida, la ropa, la casa en condiciones… Además, cuido de los animales, recojo cosecha, preparo semillas…”. “El que figuraba como agricultor era mi padre, pero mi madre tenía más callos en las manos que él”, me decía Mariano, alcalde de Huétor Vega hace un tiempo.

El campesino nunca se jubila

Estos sabios del campo, gastan hasta la última gota y hasta el último aliento en tareas del campo. El Paco, el Pepico Ruano, en la novela, más solos que la una con sus olivos le piden ayuda al Blas, porque no pueden más con tanta tarea, pero el Blas, que apenas se sostiene en el mulo, no puede. Te entra angustia y ganas de meterte en la novela y preguntar; “¿dónde hay que echar una mano?. Ya se veía venir que las futuras generaciones despreciaban el campo. Ese rompimiento se refleja en la novela cuando las hijas del Blas le dicen a éste; “el campo es una mierda”.

Pero no se achancan; ser campesino es una forma de vida, no una profesión. Por eso, nunca se jubilan. Al Blas lo jubila la muerte. El Niñillo tenía su finca que parecía una terraza dispersa; sillas viejas por distintos surcos, donde se iba sentando cada vez que las rodillas decían que no podían más. O Diego el de Cájar que lo llevan con una silla a que se siente entre surcos. Los pies no responden; trabaja con la mirada, con los consejos. O El Pitres, casi 90 años y siempre en el huerto. O Miguel Vílchez, que es más fuerte su voluntad que los dolores de cadera. Y tuvo que soportar que la circunvalación de Granada le arrancara parte de su finca. “Se tratan mejor a las piedras que como traban las máquinas y los que la llevaban a los árboles… Se ensañaron y los arrasaron sin compasión”. Hay múltiples ejemplos de que los campesinos de la época del Blas no se divorcian nunca de la tierra. Viven en permanente abrazo con ella. Sabidurías, experiencia, sentimientos… estos personajes son parte integrante de la naturaleza que no entienden cómo el mundo se puede separar de ella, cómo no se puede bajar a los ríos para tocar el agua. O en las ciudades tocar los árboles porque los podan para que no alcances las ramas… No entienden que se hagan más casas que habitantes tiene un pueblo; Hasta un millón y pico podrían haber vivido en el área metropolitana de Granada cuando el ladrillo era el dios. La provincia entera tenía entonces 900.000 habitantes. El Blas lo tenía claro: “Más casas y cada vez quedamos menos. ¿No sería mejor que ampliasen el cementerio?”.

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La tierra desnuda. Novela de Rafael Navarro

¿Está todo perdido?

Yo, que más que leer el libro, he dialogado con él, me vais a permitir que me plantee la pregunta: ¿está todo perdido? Tal vez ese mundo acabará cuando nuestros sabios de forma definitiva se abracen horizontalmente a la tierra, pero mientras haya personas que se acercan a la agroecología, a sentipensar los territorios, que defienden la Vega y la Sierra, que luchan contra las macrogranjas y difunden la agroecología… Y mientras haya algunos incautos altos y desgarbados que vienen de arriba de Despeñaperros, tú ya me entiendes Rafael, dispuestos a coger el testigo de Blas en la comunidad del agua del Valle de la Solana y a escribir libros como éste. Mientras eso ocurra, hay esperanza. Porque una cosa me queda clara después de muchos años de lucha; ni ellos son tan fuertes ni nosotros tan débiles. Además, nos asiste la razón y el corazón.

Rafael, menos más que el Blas no está, porque si Pepico Ruano, el que estaba informado, le cuenta que quieren construir el teleférico, la ronda este y ampliar las pistas de esquí, no sé si hasta Santa Fe, robándole el agua al río y a los campesinos. Tal vez le hubiera pegado un buen trago hasta apurarlo al vaso de vino mosto y hubiera exclamado: “Yo no sé dónde vamos a ir a parar. Ya nada es como antes. Ni la gente se ayuda como antes. Y nadie quiere saber nada de nadie…” Rafael, como lector y como persona que se siente parte del territorio y lucha junto a otros por su defensa, me ha encantado tu novela. Tenéis que recorrer con los ojos y la memoria, “la tierra desnuda”. Alimenta el alma.

Dos propuestas

Termino, Rafael. Dos propuestas; una a la gente que está aquí en la presentación; leed el libro, merece la pena. Disfrutadlo. La otra propuesta te la hago a ti. ¿Por qué no organizamos un sentipaseo por los maravillosos, y duros, lugares del Blas? A lo mejor conseguimos que la gente sienta el territorio como lo sentía el Blas, y de camino, si nos tomamos unos vinos mostos en Monachil, contribuimos a fortalecer la economía local.

Un abrazo, Rafael


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