Paco Álvarez, concejal de Medio Ambiente y Turismo de Monachil
Cuando uno observa la Vega de Granada desde algún punto de sus 200 Km2, intuye algo que va más allá de un espacio de cultivos venidos a menos”¦ pero ¿qué será? ¿Hay algo en nuestra memoria colectiva, en nuestra manera de ser o de entender la vida, que nos trasmite este lugar? ¿Qué parte de lo que somos le debemos? Su nombre parece provenir del término Íbero vaica”¦
Esto empezó hace mucho (un poco de geología”¦)
La formación de la Vega, está ligada a la aparición del macizo de Sierra Nevada hace unos 30 millones de años. Fue el resultado de la presión entre las famosas placas euroasiática y africana, que tanto nos hacen temblar últimamente (que se lo digan a los de Santa Fe y alrededores), y de cuyo choque se produjo el levantamiento montañoso, cual alfombra que se arruga al empujarla, y también por la retirada previa del Mar de Tetis que lo cubría todo.
Todos estos relieves que se levantaron sufrieron la erosión y los materiales fueron arrastrados por las aguas circulantes (lo que hoy son los ríos Monachil, Dílar, Genil Darro o Cubillas entre otros) depositándolos en las zonas más bajas. Así se produjo una gran llanura (aluvial), que en la parte baja del Genil puede llegar a tener un espesor de 250 metros, y extenderse por más de 20 kilómetros de longitud (de este a oeste) desde Monachil hacia Valderrubio, y 10 kilómetros de anchura media.
El agua que va a la Vega y recarga el acuífero
Recibe agua de una cuenca vertiente de unos 2.900 km2 gracias a las aguas de escorrentía, deshielo y precipitaciones (no solo de Sierra Nevada), dando lugar a un acuífero de los más importantes de Andalucía. Dicho acuífero se ha venido recargando de forma repartida por toda la vega, gracias a la labor de los agricultores con sus riegos, y según en qué partes, afectado por fertilizantes, plaguicidas, riego con aguas residuales, pozos (legales e ilegales), vertidos”¦ y una demanda de consumo que va en aumento y que lo hace menguar, dejando un futuro incierto para el abastecimiento.
Un poco de historia
En la prehistoria (hace algunos milenios) albergó un área de vegetación prolífera, rica en caza y con extensas zonas húmedas e inundables, lo que produjo numerosos asentamientos, como muestran los restos de pinturas rupestres encontrados en el abrigo del arroyo del Huenes, los petroglifos en Dílar o más tarde, el yacimiento de la Cultura del Argar del Cerro de la Encina en Monachil, entre otros.
Y con la aparición de la agricultura y la ganadería, empieza a estrecharse el vínculo con la Vega. Es posible que ya existieran infraestructuras de riego desde época romana e incluso íbera, convirtiéndose en legado para nuestro periodo musulmán (s. VIII-XV). De esta manera, se desarrollaron los sistemas de regadío, que tras siglos de experimentación se vuelven inmejorables por la tecnología actual. Solo el cariño y la observación atenta de aquello que te da la vida, puede dar lugar a algo tan perfecto y sostenible. Los agricultores acaban estableciéndose en almunias junto a sus cultivos, para defenderlos, y posteriormente, se establece como el sustento de la Ciudad de la Alhambra.
La Vega, se convierte en un escenario donde se encuentra lo mejor y lo peor del ser humano, siendo objeto de numerosas incursiones para destruirla y cortar el suministro a la Alhambra, o albergando batallas sangrientas, como la Batalla de Higueruela en 1431, en la que las crónicas (posiblemente exageradas) dicen que entre muertos y heridos se contabilizaron 30 mil personas, coincidiendo además, con un gran terremoto (de epicentro en Peligros) que aumentó los daños y que fue la puntilla final a este evento atroz (otra vez las placas euroasiática y africana que siempre han estado de moda).
Ya en periodo cristiano de la Vega, siguió siendo una zona claramente agrícola, con una gran cantidad de agua que permitía el riego sin necesidad de explotar el subsuelo.
Un poco de desafección.
Posteriormente, en los siglos XVIII y XIX se intensifica la agricultura, drenando áreas encharcadas para ganar zonas de cultivo y que, a mediados del siglo XX, empiezan los primeros cambios en el acuífero, tras la extracción de agua por medio de motores diésel.
Y una reflexión que necesitamos hacer para nuestro futuro inmediato
Y así, millones de años después, necesarios para crear un espacio tan singular para la vida, la vega, la zona más fértil y extensa de Andalucía y una de las mejores de Europa, tiene dos opciones;
– Podría proporcionar, sin duda, alimentos para toda Granada (como lo hizo en el pasado; “la despensa de Granada” ), generando productos de cercanía que no necesitan apenas transporte, contaminando menos, y dando empleo local y proporcionando rentas dignas a los agricultores.
– O, por el contrario, con mala suerte, en contra de la razón, la economía, la historia o el instinto, se podría convertir en un suelo inerte, una superficie a la espera de albergar hormigón, asfalto y alquitrán, o, una macro planta de placas solares (hay proyectos en ese sentido), al estilo de los plásticos de El Ejido, para poder abastecer de energía al resto de España. Todo esto conllevaría la pérdida del suelo que nos puede alimentar, el agua que sembraban los agricultores (al regar recargan el acuífero) y que nos da de beber, el empleo y la economía que puede generar, y el paisaje de todo un legado cultural, que nos da identidad... Más aún, esta pandemia nos ha enseñado que un espacio como la Vega que nos da alimentos y que, con los riegos, recarga el acuífero es un espacio estratégico que nos daría vida, aunque sufriéramos cierres perimetrales mucho más drásticos. Y surge la inevitable pregunta; ¿podemos privar a las futuras generaciones de esa vega de alimentos y agua estratégica?
Debemos reflexionar sobre ello y actuar como ciudadanía de Vega, como guardianes de este espacio estratégico para que llegue en las mejores condiciones a las generaciones venideras, para que puedan vivirla y disfrutarla.




